La pequeña biblioteca administrada por la Madre Emiliana constituía para mi un verdadero tesoro. No se imaginan cuantas veces en mi larga vida profesional me ha cruzado por la mente el cuartito angosto con anaqueles a ambos lados que era nuestra biblioteca. Habían los libros clásicos de la literatura universal y española, y libros de ficción para lectura recreativa. El que el colegio tuviera una biblioteca, a pesar de las limitaciones de tamaño y acceso, era por si una verdadera novedad en ese entonces. También nos ensenaba a respetar y casi venerar los libros: debíamos mantenerlos y devolverlos en perfectas condiciones, usarlos con manos limpias, nada de notas en los márgenes o esquinas de páginas dobladas. Yo creo que llegué a leer casi todo el contenido de ese pequeño cuarto y obtuve horas maravillosas de entretenimiento, disfrutando las fantasías y contemplando ideas y teorías de antaño y las promesas del futuro.
Yo no sospechaba entonces que las bibliotecas se convertirían en mi segundo hogar y en una manera gratísima de tener un salario decente y contribuir al sostenimiento de mi familia. Esa pequeña colección de libros me convirtió en usuaria de bibliotecas y promotora de esos servicios para el resto de mis días, y esas experiencias tuvieron mucho que ver con mi decisión de asistir a la universidad de Cuenca y años más tarde obtener un diploma en Bibliotecología y convertirme en bibliotecaria profesional. Desde ahí las bibliotecas han sido una parte integrante de mi existencia, un estímulo intelectual diario, y una misión.
Las compañías que publican libros celebran cada año "ferias" para promocionar sus productos a nivel internacional, en distintas ciudades. En una que atendí en Buenos Aires tuve la enorme sorpresa de encontrar una mesa entera con ediciones nuevas de las novelas de Rafael Pérez y Pérez que se contaban entre los libros de nuestra biblioteca colegial. Fue como volver a otra realidad, o verificar un recuerdo remoto y sutil de hace medio siglo.
Tengo en mi llavero una tarjeta de metal que dice: "I have always imagined that Paradise will be a kind of library." Jorge Luis Borges. O, en español: "Siempre he imaginado que el paraíso será un tipo de biblioteca." Empecé a creer lo mismo en ese pequeño espacio con anaqueles con puertas de vidrio que fue nuestra biblioteca colegial.
lunes, 29 de marzo de 2010
La Madre Emiliana
Posiblemente la maestra que más influyó en mi vida fue la Madre Emiliana Hinostroza. Era nuestra maestra de Castellano y Literatura. Es admirable cuánto empeño puso en que aprendiéramos a escribir bien y cómo sembró y cultivó en nosotras el gusto por la lectura. Ambas actividades fueron no solamente de gran utilidad, sino indispensables en cualquier circunstancia y un inmenso beneficio para nuestro futuro, cualquiera que haya sido el camino que elegimos. Nuestra ortografía era de primera calidad porque no se nos perdonaban las faltas. Todos los acentos, los puntos, las comas y más detalles del uso correcto del lenguaje eran sagrados, sin discusión. Un mínimo error y el Sobresaliente desaparecía y al trabajo le caía un Muy Buena o peor.
Tengo los cuadernos con escritos sobre distintos tópicos, y las poesías (o lo que pasaba por tal). Y las notas escritas por mi maestra, a veces alguna crítica y a veces reprimida alabanza, y siempre la impresión de que ella había tomado el tiempo para leer y evaluar mi tarea, y de que lo había hecho porque de verdad yo tenía un valor como estudiante y como ser humano. Fuimos de verdad muy afortunadas al contar con una mujer y una religiosa de la categoría intelectual y cristiana de la Madre Emiliana.
Pocas personas han dejado en mi vida una huella como la de esta maestra inolvidable y tan querida.
Tengo los cuadernos con escritos sobre distintos tópicos, y las poesías (o lo que pasaba por tal). Y las notas escritas por mi maestra, a veces alguna crítica y a veces reprimida alabanza, y siempre la impresión de que ella había tomado el tiempo para leer y evaluar mi tarea, y de que lo había hecho porque de verdad yo tenía un valor como estudiante y como ser humano. Fuimos de verdad muy afortunadas al contar con una mujer y una religiosa de la categoría intelectual y cristiana de la Madre Emiliana.
Pocas personas han dejado en mi vida una huella como la de esta maestra inolvidable y tan querida.
Sexto Curso
Aquí reproduzco el orden de nuestros pupitres:
Ventanas Armario
Rocío Rosarito Azucena Zaida
María Rosa Gladys Rosa Amalia Maria Eugenia
Lourdes Marilú Enma Ana Lucía
Lastenia Anita
Victoria Clara Puerta
La clase estaba en el sector que tradicionalmente era de la comunidad religiosa. Solo se nos permitía subir las gradas (anchas y de tablones gruesos) y caminar derecho a nuestra clase. El resto de ese sector del edificio era un misterio. Las paredes eran gruesísimas, alrededor de 70-75 centímetros, suficiente para empotrar un closet enorme en el cual podíamos escondernos todas las 8 alumnas de "bachillerato" (humanidades) y, naturalmente, alguna vez lo hicimos. Las dos más pequeñas cabían bien en los anaqueles horizontales y el resto de pie, detrás de la puerta. En la mentada ocasión casi le causamos un ataque a la monjita que enseñaba matemáticas al desaparecer y luego volver a aparecer todas angelicales, con caras serias y de niñas buenas, como si nada, mientras ella se desesperaba sin saber que nos había sucedido. Ella había ido a buscar ayuda de otras monjas, pasmada por la extraña desaparición de todo el grupo que había vuelto a la normalidad cuando ella regresó con refuerzos. De seguro que la creyeron un poco confundida y peor al ir con una historia de desaparición semejante.
Me acuerdo unas tardes lluviosas, oscuras, y heladas, con esa lluvia triste y fría como solo he experimentado en Cuenca por su altura. Todas nos sentábamos muy juntitas dentro del espacio de una ventana a contar y escuchar cuentos "de miedos." El contenido de las historias es borroso, pero tendré que obtenerlas de alguna que si se acuerde. Existía una sensación de hermandad, de protección mutua y de saber con seguridad que esos momentos serian únicos, porque nuestra permanencia en el colegio estaba ya próxima a terminar.
Ventanas Armario
Rocío Rosarito Azucena Zaida
María Rosa Gladys Rosa Amalia Maria Eugenia
Lourdes Marilú Enma Ana Lucía
Lastenia Anita
Victoria Clara Puerta
La clase estaba en el sector que tradicionalmente era de la comunidad religiosa. Solo se nos permitía subir las gradas (anchas y de tablones gruesos) y caminar derecho a nuestra clase. El resto de ese sector del edificio era un misterio. Las paredes eran gruesísimas, alrededor de 70-75 centímetros, suficiente para empotrar un closet enorme en el cual podíamos escondernos todas las 8 alumnas de "bachillerato" (humanidades) y, naturalmente, alguna vez lo hicimos. Las dos más pequeñas cabían bien en los anaqueles horizontales y el resto de pie, detrás de la puerta. En la mentada ocasión casi le causamos un ataque a la monjita que enseñaba matemáticas al desaparecer y luego volver a aparecer todas angelicales, con caras serias y de niñas buenas, como si nada, mientras ella se desesperaba sin saber que nos había sucedido. Ella había ido a buscar ayuda de otras monjas, pasmada por la extraña desaparición de todo el grupo que había vuelto a la normalidad cuando ella regresó con refuerzos. De seguro que la creyeron un poco confundida y peor al ir con una historia de desaparición semejante.
Me acuerdo unas tardes lluviosas, oscuras, y heladas, con esa lluvia triste y fría como solo he experimentado en Cuenca por su altura. Todas nos sentábamos muy juntitas dentro del espacio de una ventana a contar y escuchar cuentos "de miedos." El contenido de las historias es borroso, pero tendré que obtenerlas de alguna que si se acuerde. Existía una sensación de hermandad, de protección mutua y de saber con seguridad que esos momentos serian únicos, porque nuestra permanencia en el colegio estaba ya próxima a terminar.
Vino y otras bebidas
Estábamos en Quinto Curso y nuestra clase era en el tercer piso, encima del proscenio del salón de actos, en un cuarto angosto casi sobre la puerta de entrada y la portería (y la Madre ………, una monja muy bajita cuyo nombre se me escapa). Un jardín lleno de árboles estaba debajo de las ventanas y a veces llegaba el perfume de los jazmines desde el otro lado del sendero que conducía de la calle a la portería. Este es un perfume que me ha quedado en el fondo del alma y que me conmueve a través de medio siglo, no importa dónde esté.
Habían dos hileras de pupitres, uno a cada lado del cuarto y al fondo (o al frente, depende del punto de vista) estaban el pizarrón, y el escritorio para el maestro o maestra. Desde las ventanas (a las que teníamos prohibición de aproximarnos) se miraba el sendero de entrada con su caminito de adoquines y la hierba a los lados, todo encerrado entre altos muros. Atrás o junto a la puerta había un armario con dos puertas donde poníamos algunos materiales de la clase, y donde en aquella memorable ocasión también se conservaban los trabajos de fermentación en que algunas estaban poniendo en práctica las lecciones.
El programa de estudios incluía química y esa fue nuestra oportunidad de aprender los principios de la fermentación y la destilación del agua y otros líquidos. Cuando convenía hasta las menos estudiosas aprendían algo –y esto debe ser tenido en mente para saber despertar el interés académico entre los jóvenes.
Al cabo de unos días la fermentación había llegado a su punto, y lo que originalmente eran jugos de frutas se había convertido en alcohol de bajo grado, pero alcohol al fin. Ahí es cuando las cosas se pusieron interesantes por decir lo menos. Las visitas al armario por parte de algunas chicas eran repetidas y, poco a poco, algún efecto les habrá hecho, hasta que entre los sospechosos paseos al armario, con o sin pretexto, y el olor mismo del "experimento" lo delataron ante las monjas y tuvo un final sin gloria.
Años más tarde descubrí que en este país (USA) habían rígidas leyes contra el consumo de cualquiera forma de alcohol por menores de edad, lo que en algunos estados significaba los 21 años. La sola posesión de una bebida alcohólica podía traer consigo la expulsión automática de la universidad. ¡Sabe Dios lo que les hubiera ocurrido a las fabricantes de contrabando en una clase del colegio!
Yo me acordaba de esta aventura cuando mi suegro italiano tenía licencia del Estado de Illinois para hacer anualmente hasta 200 galones de vino para consumo familiar y el olor de la barrica en el sótano llegaba al piso principal de la casa.
Habían dos hileras de pupitres, uno a cada lado del cuarto y al fondo (o al frente, depende del punto de vista) estaban el pizarrón, y el escritorio para el maestro o maestra. Desde las ventanas (a las que teníamos prohibición de aproximarnos) se miraba el sendero de entrada con su caminito de adoquines y la hierba a los lados, todo encerrado entre altos muros. Atrás o junto a la puerta había un armario con dos puertas donde poníamos algunos materiales de la clase, y donde en aquella memorable ocasión también se conservaban los trabajos de fermentación en que algunas estaban poniendo en práctica las lecciones.
El programa de estudios incluía química y esa fue nuestra oportunidad de aprender los principios de la fermentación y la destilación del agua y otros líquidos. Cuando convenía hasta las menos estudiosas aprendían algo –y esto debe ser tenido en mente para saber despertar el interés académico entre los jóvenes.
Al cabo de unos días la fermentación había llegado a su punto, y lo que originalmente eran jugos de frutas se había convertido en alcohol de bajo grado, pero alcohol al fin. Ahí es cuando las cosas se pusieron interesantes por decir lo menos. Las visitas al armario por parte de algunas chicas eran repetidas y, poco a poco, algún efecto les habrá hecho, hasta que entre los sospechosos paseos al armario, con o sin pretexto, y el olor mismo del "experimento" lo delataron ante las monjas y tuvo un final sin gloria.
Años más tarde descubrí que en este país (USA) habían rígidas leyes contra el consumo de cualquiera forma de alcohol por menores de edad, lo que en algunos estados significaba los 21 años. La sola posesión de una bebida alcohólica podía traer consigo la expulsión automática de la universidad. ¡Sabe Dios lo que les hubiera ocurrido a las fabricantes de contrabando en una clase del colegio!
Yo me acordaba de esta aventura cuando mi suegro italiano tenía licencia del Estado de Illinois para hacer anualmente hasta 200 galones de vino para consumo familiar y el olor de la barrica en el sótano llegaba al piso principal de la casa.
El patio
La Virgen presidía nuestros juegos desde una urna rodeada de flores y una verja de hierro forjado donde iban a morir las pelotas en el centro del patio. Esto último no es lenguaje figurativo, sino descripción real. Las puntas de hierro en que terminaba la verja parecían atraer las pelotas y ahí quedaban agujereadas y desinfladas.
La verdad es que la simbología de la Virgen como guardiana de nuestros momentos de ocio es impactante. ¿Quién mejor para cuidarnos en las carreras desenfrenadas, en alguna caída sobre el pavimento de adoquín, en las conversaciones privadas y en los secretos compartidos de adolescentes? La vida comenzó a ponerse seria cuando abandonamos los "marros" y comenzamos a caminar en grupos alrededor del patio por considerarnos demasiado crecidas para juegos de niñas. La competencia de velocidad y agilidad cedió a la competencia real o imaginada por la atención masculina.
Años después fuí con mi marido y mi hija muy pequeña a visitar el colegio. El patio todavía existía y un escalofrío de emoción me recorrió al cruzarlo y verla corretear por los andenes. Tengo aún un breve film que muestra este escenario de una parte quizá la más feliz de mi vida por ser la más sencilla. Los problemas eran limitados, las responsabilidades en proporción, y las soluciones aún estaban en manos de mis padres. Claro que ese momento parecían irremediables, pero en el enorme horizonte de la vida entera no eran sino una manchita, un instante prófugo o una nube ligera en la amplitud del cielo. ¡Si lo hubiera sabido!
También jugábamos al básquetbol, vólibol, las carreras, y un juego que ni siquiera Google reconoce: las "aparadas" (!?) en que dos equipos se enfrentan y hay que parar la pelota tirada con la mayor fuerza posible por el equipo opositor. Si la pelota te toca y no la paras, sales del juego y vas al otro lado de la cancha. Lo jugábamos las internas y semi-internas interminablemente después del almuerzo mientras los buses traían al resto de las estudiantes. Uno u otro juego se ponía de moda por temporadas, y parecía que el interés se esfumaba justo cuando yo (que nunca he sido muy atlética) había medio mejorado mis habilidades.
El patio era enorme (¿o solo me parecía así?), rodeado de pilares gruesos de roble o nogal y con amplios corredores cubiertos. Las puertas y ventanas de las clases de la primaria y los primeros cursos de secundaria se abrían hacia ese espacio abierto. El comedor también estaba localizado a un lado. Y ese patio se llenaba con las voces y gritos alegres de las niñas y jóvenes que aprovechaban unos minutos de recreo bajo el sol del trópico moderado por la altura de los Andes. A veces esperaba constantemente esos momentos de descanso, y otras prefería la calma y silencio de la clase para pensar y leer, e imaginar. ..
El patio era donde nos organizaban y nos ponían en orden. Me acuerdo las filas en orden de tamaños para caminar a clase. Y las filas para ir al bus. Y las filas para entrar en la capilla. Y las filas para las procesiones de mayo. Parece que pasé muchas horas en fila con uno u otro propósito. Y el silencio de las filas, sin un susurro, peor una conversación. Tal vez por eso siempre me han molestado los montones de gente y prefiero el orden de las filas, pues mi psique se organizó de un cierto modo y no acepta fácilmente el caos, pero reclama orden. Hasta hoy las muchedumbres desorganizadas me amedrentan.
La verdad es que la simbología de la Virgen como guardiana de nuestros momentos de ocio es impactante. ¿Quién mejor para cuidarnos en las carreras desenfrenadas, en alguna caída sobre el pavimento de adoquín, en las conversaciones privadas y en los secretos compartidos de adolescentes? La vida comenzó a ponerse seria cuando abandonamos los "marros" y comenzamos a caminar en grupos alrededor del patio por considerarnos demasiado crecidas para juegos de niñas. La competencia de velocidad y agilidad cedió a la competencia real o imaginada por la atención masculina.
Años después fuí con mi marido y mi hija muy pequeña a visitar el colegio. El patio todavía existía y un escalofrío de emoción me recorrió al cruzarlo y verla corretear por los andenes. Tengo aún un breve film que muestra este escenario de una parte quizá la más feliz de mi vida por ser la más sencilla. Los problemas eran limitados, las responsabilidades en proporción, y las soluciones aún estaban en manos de mis padres. Claro que ese momento parecían irremediables, pero en el enorme horizonte de la vida entera no eran sino una manchita, un instante prófugo o una nube ligera en la amplitud del cielo. ¡Si lo hubiera sabido!
También jugábamos al básquetbol, vólibol, las carreras, y un juego que ni siquiera Google reconoce: las "aparadas" (!?) en que dos equipos se enfrentan y hay que parar la pelota tirada con la mayor fuerza posible por el equipo opositor. Si la pelota te toca y no la paras, sales del juego y vas al otro lado de la cancha. Lo jugábamos las internas y semi-internas interminablemente después del almuerzo mientras los buses traían al resto de las estudiantes. Uno u otro juego se ponía de moda por temporadas, y parecía que el interés se esfumaba justo cuando yo (que nunca he sido muy atlética) había medio mejorado mis habilidades.
El patio era enorme (¿o solo me parecía así?), rodeado de pilares gruesos de roble o nogal y con amplios corredores cubiertos. Las puertas y ventanas de las clases de la primaria y los primeros cursos de secundaria se abrían hacia ese espacio abierto. El comedor también estaba localizado a un lado. Y ese patio se llenaba con las voces y gritos alegres de las niñas y jóvenes que aprovechaban unos minutos de recreo bajo el sol del trópico moderado por la altura de los Andes. A veces esperaba constantemente esos momentos de descanso, y otras prefería la calma y silencio de la clase para pensar y leer, e imaginar. ..
El patio era donde nos organizaban y nos ponían en orden. Me acuerdo las filas en orden de tamaños para caminar a clase. Y las filas para ir al bus. Y las filas para entrar en la capilla. Y las filas para las procesiones de mayo. Parece que pasé muchas horas en fila con uno u otro propósito. Y el silencio de las filas, sin un susurro, peor una conversación. Tal vez por eso siempre me han molestado los montones de gente y prefiero el orden de las filas, pues mi psique se organizó de un cierto modo y no acepta fácilmente el caos, pero reclama orden. Hasta hoy las muchedumbres desorganizadas me amedrentan.
Mayo
Mayo era el mes de María, las flores, la poesía, y las competencias que culminaban en la coronación de la virgen el último sábado del mes. Era un tiempo hermoso, las vacaciones se acercaban aunque con ellas los exámenes finales, pero habían muchas festividades que traían un ambiente festivo a nuestro quehacer cuotidiano. Los universitarios y los colegiales elegían sus reinas, habían fiestas, bailes, misas (desde la Virgen de la Sabiduría en la universidad, hasta la del Anfiteatro en la Escuela de Medicina), etc.
En el colegio se celebraba el Mes de María en grande. No sé si para mantenernos ocupadas o para promover realmente la devoción a María las monjas se inventaron una competencia con contenido religioso. Cada sábado se contaban las jaculatorias, los sacrificios, los rosarios, las misas, y las comuniones que las alumnas de cada curso habían rezado u ofrecido durante la semana. El curso con el mayor puntaje ganaba.
La competencia era muy reñida y para ganar había que hacer hasta lo imposible y los esfuerzos no tenían límite. Cada minuto disponible estaba lleno de jaculatorias, mientras más cortas mejor para acumular más, pero eso no era suficiente, pues al mismo tiempo se podían hacer "sacrificios" con una piedra en el zapato y creo que contando cada paso. Cuando caminábamos hacia casa al mediodía mientras más lejos debíamos ir, mejor, porque se "hacían" más sacrificios. Este es uno de los detalles más cómicos que siempre me hace reír y creo que hasta Dios debe haber sonreído sobre nuestra creatividad para dedicarle oraciones.
De todos modos, mayo era esperado como algo especial. El mes de las flores (yo he visto en Cuenca flores todo el año…) era la antesala de junio con los exámenes trimestrales y luego julio con los finales.
En el colegio se celebraba el Mes de María en grande. No sé si para mantenernos ocupadas o para promover realmente la devoción a María las monjas se inventaron una competencia con contenido religioso. Cada sábado se contaban las jaculatorias, los sacrificios, los rosarios, las misas, y las comuniones que las alumnas de cada curso habían rezado u ofrecido durante la semana. El curso con el mayor puntaje ganaba.
La competencia era muy reñida y para ganar había que hacer hasta lo imposible y los esfuerzos no tenían límite. Cada minuto disponible estaba lleno de jaculatorias, mientras más cortas mejor para acumular más, pero eso no era suficiente, pues al mismo tiempo se podían hacer "sacrificios" con una piedra en el zapato y creo que contando cada paso. Cuando caminábamos hacia casa al mediodía mientras más lejos debíamos ir, mejor, porque se "hacían" más sacrificios. Este es uno de los detalles más cómicos que siempre me hace reír y creo que hasta Dios debe haber sonreído sobre nuestra creatividad para dedicarle oraciones.
De todos modos, mayo era esperado como algo especial. El mes de las flores (yo he visto en Cuenca flores todo el año…) era la antesala de junio con los exámenes trimestrales y luego julio con los finales.
Las "horas sociales"
¿Alguien recuerda las llamadas "comedias."? Me parece o casi siempre estábamos ensayando para una de estas presentaciones, y naturalmente era un honor participar en ellas.
Los dramas era la pieza central de estos eventos. Uno tenía lugar en Normandía. Otro se refería al descubrimiento de la chinchona o quinina, con el Virrey del Perú y la Condesa de Chinchón. Otro tenía lugar en Granada (Mi única línea era: "¡Es la Giralda!").
Fueron tantas "horas sociales" que mis recuerdos son un tanto borrosos, pero haré una lista de los números que resaltan porque se repetían:
¡Qué lástima que no hubiera cámaras de video en ese entonces! ¡Lo mucho que nos podríamos reir ahora! Ni siquiera fotos se tomaban de estas cosas.
Los dramas era la pieza central de estos eventos. Uno tenía lugar en Normandía. Otro se refería al descubrimiento de la chinchona o quinina, con el Virrey del Perú y la Condesa de Chinchón. Otro tenía lugar en Granada (Mi única línea era: "¡Es la Giralda!").
Fueron tantas "horas sociales" que mis recuerdos son un tanto borrosos, pero haré una lista de los números que resaltan porque se repetían:
- Las piezas al piano a dos, cuatro y hasta seis manos (las hermanas Anita, Fina y Susana)
- Los grupos de acordeones
- Los cuadros alegóricos, con recitadoras al frente (Rocío era preferida)
- Unos cuadros con las olas que se movían. Otros con alguien en el papel de la Virgen Dolorosa.
- Las recitaciones de lo propio y ajeno (con movimientos de manos y todo ¡qué horror!)
- Los bailes en trajes de españolas
¡Qué lástima que no hubiera cámaras de video en ese entonces! ¡Lo mucho que nos podríamos reir ahora! Ni siquiera fotos se tomaban de estas cosas.
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